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domingo, 24 de marzo de 2013

La democracia del mandar tu voluntad.-

En el desarrollo de mi actividad de representante del comercio, cuando visito a mis Clientes de una población, tengo por costumbre detener mi camioneta fantástica en la plaza o en una calle ancha y darme una vuelta andando. Recuerdo que en una ocasión, buscando espacio para estacionar, acabé junto al colegio. Finalizadas las vistas comerciales a mis supuestos Clientes, me acerqué hasta la camioneta para irme a otro pueblo, coincidiendo con la hora del recreo. Durante unos minutos estuve observando a los chavales que allí jugaban en grupos. Mientras unos corrían a indios y vaqueros como nos presentan en las películas del salvaje oeste, otros lo hacían a fútbol como se supone en los países civilizados. Junto a la valla, había un árbol y arena esparcida por el suelo presumiblemente de restos de obra, en la que otros chiquillos jugaban entretenidos con unas piedras que empujaban con la mano a modo de coches y con un cartón que hacía las funciones de garaje o cochera, las detenían debajo como estacionados, mientras cogían otros coches para juguetear con ellas por la arena, ya que por falta de piedras no era.
De repente, suena el timbre del colegio indicando el final del recreo y casi todos los niños corren hacia las puertas del local y digo casi, porque del grupo de los futbolistas civilizados, un par de ellos, corren hacia el árbol y con el pie, rompen y esparcen el trabajo o entretenimiento de las carreteras y cochera de sus compañeros de colegio.
En la red de Internet, además de quienes copian y pegan, existen empresas que ceden espacio a las personas que deseen exponer sus iniciativas, verdaderos artífices de la estructura internáutica, ya que sin su aportación desinteresada de conocimientos, no habría infraestructura que compartir, pero de repente, unilateralmente se toma la decisión de cortar el acceso a la información por los titulares del espacio web y siempre sin ningún tipo de consideración a quienes la han generado.

sábado, 29 de noviembre de 2008

La ciudad de Zaragoza.-

A nuestra llegada, la carretera se confundía con la calle que estaba adoquinada en lugar de asfaltada, unos coches aparecían aparcados o estacionados en medio de la carretera y junto a las aceras de ambos lados de la calle, habían unos raíles por los que circulaba un tranvía.
Pasamos por la orilla del Río Ebro que, acostumbrado a ver la Rambla Cervera por la que solo lleva agua en épocas de lluvia torrencial y a cruzarlo por el puente colgante de Amposta cuando iba a visitar a mis tíos en Tarragona, me pareció inmensamente grandísimo, pero hay un anecdótico detalle que recuerdo con asombro.
De repente, mi padre de pone a hablar en castellano ante la atónita mirada de desconcierto que como un niño que siempre había oído a su padre hablar en valenciano no sabía que conocía ese idioma, yo pensaba que en Chert la única persona que sabía hablar en castellano era D. Delfín Molmeneu Querol el Sr. Maestro.