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domingo, 16 de septiembre de 2018

Investigar, averiguar, imputar y tesis.-

Durante unos años giraba visita a mi establecimiento de Chert un Sr. Inspector de II.EE. de la Agencia Estatal de la Administración Tributaria Especial Regional con amplios conocimientos legislativos que se desplazaba exprofeso desde Valencia del Cid con algunas ideas preconcebidas aunque equivocadas, por lo que ya en su primer control, a pesar de la diferencia de edad entre inspector e inspeccionado, debí recordarle por escrito para su debida constancia el Art. 7.2 del R.D. 939/1986 de 25 de abril (BOE nº 15 del día 14 de mayo), solo con el propósito de sentar las bases en sus posteriores actuaciones hacia mi persona y que se prolongaron exitosamente hasta su jubilación.
Cuando se desconoce una cosa, realizamos una investigación porque en el fondo de nuestro ser, necesitamos aportar algún tipo de aclaración o solución a nuestra intranquilidad y para ello, analizamos e indagamos con el fin de disminuir nuestra ignorancia puesto que la curiosidad, es humana y todas las personas en algún momento de nuestra vida con la intención de lograr nuevos conocimientos tanto para solucionar dudas, como conflictos o complicaciones que requieren de una respuesta, realizamos el estudio sobre alguna materia en cuestión, aunque el concepto de investigación en general, es aplicable especialmente a los campos policial, científico e histórico.
Es evidente que nada tiene que ver un largo comentario epistolar sobre una ocurrente iniciativa, o un abultado escrito de opinión por muy bien razonado que se presente incluso con apoyo en el ordenamiento legal, o un ensayo que permita determinar la viabilidad de una actividad o su perfeccionamiento, con una tesis, que realmente aportará conocimientos nuevos jamás estudiados previamente, por ello, puede ocurrir y de hecho ocurre, que personas diferentes con planteamientos distintos y recorriendo caminos insólitos, pueden llegar a las mismas conclusiones.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

La venta del jabonero.-

A principios del siglo XX estaba regentada por sus propietarios la familia Royo. El matrimonio tenía tres hijos y una hija. Por la escasez de recursos económicos del lugar y por la relación comercial con mi abuelo, Julián Segarra Ferreres aconsejó al Sr. Royo que enviase a uno de su hijos a aprender en un comercio y Manuel, fue de dependiente a un establecimiento de Morella. Al paso del tiempo, Gabriel también se acercó a Morella para estudiar en las Escuelas Pías y con la intención de cursar estudios de magisterio para hacerse maestro, marchó a Zaragoza. En la calle Bogiero ¿108?, subiendo a mano derecha, en donde se estrecha la calle, había un tienda de galletas en venta y llamó a su hermano Manuel para comprarla. Manuel atendía el establecimiento mientras Gabriel visitaba clientes y entre los dos montaron el negocio de GALLETAS ROYO. El Sr. Gabriel se casó de mayor y tuvo un hijo que estudió medicina.
Al paso de los años, se incorporó al negocio el hermano Juan, comprando un local en la calle Navarra y construyendo un horno de fabricación en continuo en el que por un lado entraban las galletas en pasta y por el otro extremo salían cocidas. Es anecdótico mencionar que les alquilaron una iglesia y la utilizaban como almacén.
Con escaso tiempo, se acercó a Zaragoza su hermana, cuñado y los dos hijos ya mayores, comprando una finca agrícola y dedicándose a esta otra actividad, con lo que la Venta del Jabonero cerró sus puestas al público definitivamente.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Recuerdos de la escuela.-

Aunque nunca he parado de estudiar y muchísimo menos de aprender, no recuerdo con agrado mi época de estudiante y tal vez por ello, no me gustaría revivirla, pero con la incorporación en nuestros propios domicilios de las computadoras personales, he de reconocer que desde hace doce años, cuando accedí por primera vez a la red de Internet, añoro el no poder vivir mi actividad docente en los tiempos actuales.
El año pasado, al Sr. Conseller de Educación la Generalidad Valenciana D. Alejandro Font de Mora Turón, se le ocurrió regalar unos ordenadores para los colegios de los niños de primaria como los chavales de la escuela de don Miquel Beltrán de Chert y Dª. Araceli Segarra Ferreres, me invitó un día a verlos. La emoción me embargó de tal manera que sentado con una pequeñita sillita, con el culo casi a ras de suelo y con las rodillas por debajo de los hombros pegadas a las axilas, me puse a manipular el bonito y llamativo inventillo con las teclas de colorines y un ratón de diseño apto para la mano de un niño.
Con las infraestructuras que hoy tenemos a nuestra disposición gracias a todos los avances tecnológicos y con la flexibilidad que nos ofrecen a cualquier hora de cualquier día o las posibilidades únicamente limitadas por nuestra imaginación, hoy quien no estudia y aprende es sencillamente porque no quiere.